Viaje de un naturalista alrededor del mundo

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El número de los seres vivos de todo orden, cuya existencia está íntimamente ligada a la de esas algas, es en verdad asombroso. Se podría llenar un grueso volumen con sólo la descripción de esos bancos de plantas marinas. Casi todas las hojas, salvo aquellas que flotan en la superficie, están recubiertas de un número tan grande de zoófitos, que se ponen blancas. Se encuentran allí formaciones extremadamente delicadas, unas habitadas por simples pólipos parecidos a la hidra, otras por especies mejor organizadas o por magníficas ascidias compuestas. Se encuentran también agarradas a esas hojas diferentes conchas pateliformes, moluscos nacarados y otros desnudos, y algunas bivalvos. Innumerables crustáceos frecuentan cada parte de la planta. Si se sacuden las grandes raíces entremezcladas de esas algas, se ve caer una cantidad de pececillos, conchas, jibias, cangrejos de todo género, huevos de mar, estrellas de mar, magníficas holoturias, planarias y animales de mil formas diversas. Cada vez que he examinado una rama de esa planta no he dejado de descubrir nuevos animales de las formas más curiosas. En Chiloé, donde esa alga no crece tan bien, no se encuentran en ella ni conchas ni zoófitos, ni crustáceos; sin embargo, se encuentran algunos Flustres y algunas Ascidias que pertenecen a una especie diferente de la de Tierra del Fuego, lo que nos prueba que la planta ocupa una zona más extensa que los animales que la habitan. No puedo comparar esas grandes selvas acuáticas del hemisferio meridional sino a las selvas terrestres de las regiones intertropicales. Empero, no creo que la destrucción de una selva en un país cualquiera trajese consigo la muerte de tantas especies de animales como la desaparición del Macrocystis. En medio de las hojas de esta planta viven numerosas especies de peces que en ninguna otra parte podrían encontrar un abrigo y alimentos; si esos peces llegaran a desaparecer, los cuervos marinos y las otras aves pescadoras, las nutrias, las focas, los marsupiales, perecerían también muy pronto; y, en fin, el salvaje fueguino, el precario señor de este mísero país, redoblaría sus festines de caníbal, decrecería en número y quizá dejara de existir.


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