Viaje de un naturalista alrededor del mundo

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El mayordomo de la hacienda es lo bastante amable para facilitarme un guía y caballos reposados y partimos de madrugada con el fin de efectuar la ascensión a la Campana, montaña que alcanza una altitud de 6.400 pies (1.920 metros). Los caminos son horribles, pero las particularidades geológicas y el espléndido paisaje que a cada instante se descubre compensan nuestras fatigas. Al atardecer alcanzamos una fuente denominada del Guanaco, situada a una gran altitud. El nombre de esa fuente debe de ser muy antiguo, porque hace muchos años que ni un solo guanaco ha ido a quitarse la sed en aquellas aguas. Durante la ascensión noto que sobre la vertiente septentrional no crecen sino zarzas, en tanto que la vertiente meridional está cubierta de un bambú que llega a alcanzar hasta 15 pies de altura. En algunos lugares se encuentran palmeras y quedo muy asombrado al hallar una de ellas a 4.500 pies de altitud (1.350 metros). Con relación a la familia a la que pertenecen, esas palmeras son árboles deslucidos. Su tronco, muy grueso, presenta una forma muy curiosa: es más grueso hacia el centro que en la base y la copa. En algunas partes de Chile se las encuentra en número considerable y son muy preciosas a causa de una especie de melaza que se obtiene de su savia. En una propiedad cerca de Petorca se trató de contarlas, pero se renunció a ello luego de haber llegado a la cifra de muchos centenares de miles. Todos los años, al principiar la primavera, en el mes de agosto, se cortan gran número de ellas, y cuando ya el tronco está en el suelo, se le quitan las hojas que lo coronan. Entonces empieza a fluir la savia por el extremo superior y fluye así durante meses enteros, pero a condición de que cada mañana se corte una roncha del tronco, de forma que quede expuesta al aire una nueva superficie. Un buen árbol de esos llega a producir 90 galones (410 litros); el tronco de la palmera, que parece tan seco, debe, pues, contener evidentemente esa cantidad de savia. Según dicen, la savia fluye con tanta mayor rapidez cuanto más calienta el sol; y también dicen que hay que tener gran cuidado, al cortar el árbol, de hacerlo caer de forma que la copa quede más alta que la base, porque, en caso contrario, la savia no fluye; a pesar de que lo normal sería que, en este último caso, la gravedad ayudase a la salida de la savia. Esta se concentra haciéndola hervir, y entonces se le da el nombre de melaza, substancia a la que se parece en el sabor.


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