Viaje de un naturalista alrededor del mundo

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12.- Minas de oro. Máquinas trituradoras.

La palidez de la mayor parte de los mineros me sorprende a tal punto, que me inquieto por su salud, y así se lo digo a míster Nixon. La mina tiene 450 pies (135 metros) de profundidad y cada hombre trae a la superficie 200 libras (90 kg) largas de piedras. Con esta carga a hombros, el minero debe trepar por entalladuras hechas en troncos de árboles dispuestos en zigzag en los pozos. Jóvenes de dieciocho a veinte años, desnudos hasta la cintura, ascienden con tan considerable carga. Un hombre vigoroso, no habituado a esa labor, tiene bastante trabajo para poder izar tan sólo su propio cuerpo y llega a la superficie cubierto por completo de sudor. A pesar de tan duro trabajo, se alimentan exclusivamente de habas hervidas y pan. Ellos prefieren el pan seco, pero sus patrones, dándose cuenta de que ese único alimento no les permite un trabajo tan sostenido, los tratan como a caballos y les obligan a comerse las habas. Ganan poco más o menos lo que en las minas de Jajuel: de 24 a 28 chelines por mes. No abandonan la mina sino una vez cada tres semanas y entonces pueden pasar dos días en su casa. Uno de los reglamentos de la mina me ha parecido muy severo, pero el propietario lo alaba mucho. El único medio de robar oro es ocultar un trozo de mineral y sacarlo cuando se presenta la ocasión; pero si el mayordomo halla un trozo de mineral oculto, calcula su valor y lo retiene por entero de los gajes de cada uno de los mineros empleados en la mina. A menos de estar todos de acuerdo, vienen, pues, obligados a vigilarse unos a otros.


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