Viaje de un naturalista alrededor del mundo
Viaje de un naturalista alrededor del mundo Al atardecer alcanzamos una encantadora y pequeña bahía situada al norte de la isla de Caucahue. Los habitantes se lamentan mucho de la falta de tierras. Esto es debido en parte a su propia negligencia, porque no se quieren tomar el trabajo de roturar, y en parte a las restricciones impuestas por el Gobierno; hace falta, en efecto, antes de adquirir una pieza de tierra, por pequeña que ésta sea, pagar al geómetra dos chelines oro por cada cuadra (150 metros cuadrados) que mide y, además, el precio que le place fijar como valor de la tierra. Después de su evaluación, hay que sacar la pieza de tierra a subasta por tres veces, y si no se presenta quien la quiera adquirir a precio superior, pasa a ser propietario de ella el primer postulante, al precio fijado. Todas esas exacciones impiden la roturación en un país donde los habitantes son tan pobres. En la mayoría de los países se desembarazan fácilmente de las selvas quemándolas; pero en Chiloé el clima es tan húmedo, las clases de arboles son de tal naturaleza, que es imprescindible abatir los árboles, y esto es un serio obstáculo a la prosperidad de la isla. En tiempos de la dominación española, los indios no podían poseer tierras; una familia, luego de roturar un terreno, podía verse expulsada y ver pasar esas tierras a poder del Gobierno. Las autoridades de Chile cumplen hoy día un acto de justicia al dar un lote de tierra a cada uno de esos pobres indios. Por lo demás, el valor del terreno boscoso es muy poco considerable. El Gobierno, para reembolsar un crédito al señor Douglas, ingeniero de esas islas, le dio, en los alrededores de San Carlos, ocho millas y media cuadradas de selvas y aseguran que sólo le ha sido posible revenderlas por 350 dólares, o sea cerca de 70 libras esterlinas.