Viaje de un naturalista alrededor del mundo
Viaje de un naturalista alrededor del mundo Anclamos en una encantadora y pequeña bahía al pie de algunas elevadas colinas, cerca de la extremidad septentrional del cabo Tres Montes. Al día siguiente, después del almuerzo, efectuamos la ascensión a una de esas montañas, que tiene 2.400 pies (720 metros) de altitud. La vista es admirable. La mayor parte de esa cadena está compuesta de grandes masas de granito; masas sólidas y abruptas que parecen contemporáneas del principio del mundo. El granito está recubierto de micaesquisto, que, en el transcurso de los tiempos, se ha recortado en puntas extrañas. Esas dos capas, tan diferentes por sus formas exteriores, se parecen en una cosa: en la ausencia de toda vegetación. Acostumbrados desde tanto tiempo a ver desarrollarse a nuestra vista un espesísimo bosque de árboles de color verde oscuro, no sin asombro contemplamos ese paisaje desnudo. La formación de estas montañas me interesa mucho. Esta elevada y tan complicada cadena tiene un magnífico aspecto de antigüedad, pero es tan inútil al hombre como a los demás seres. El granito tiene un atractivo muy particular para el geólogo. Además de que está muy extendido y de que su grano es bello y muy compacto, pocas rocas han dado lugar quizá a más discusiones acerca de su origen. Vemos que de ordinario constituye la roca fundamental y, cualquiera que sea su origen, sabemos que es la capa más profunda de la corteza terrestre hasta la que el hombre ha podido penetrar. El punto extremo de los conocimientos humanos sobre un sujeto, sea el que sea, ofrece siempre un inmenso interés, interés tanto mayor cuanto que nada o casi nada le separa del reino de la imaginación.