Viaje de un naturalista alrededor del mundo

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Los vientos del noroeste soplan durante cuatro días; con grandes trabajos logramos atravesar una vasta bahía y anclamos en otro puerto. Acompaño al capitán, que ha tomado una canoa para explorar una caleta poco profunda. Jamás he visto tan gran número de focas. Recubren literalmente todo espacio un poco llano sobre las rocas y a orillas del mar. Por otra parte, parecen tener muy buen carácter, pues están amontonadas unas contra otras y dormidas como otros tantos cerdos; pero aun a estos mismos les hubiera dado vergüenza vivir en tan gran suciedad y oliendo tan mal. Cantidades innumerables de buitres las vigilan con gran atención. Esas repugnantes aves, de cabeza desnuda y de color escarlata, adecuada para sumergirse deleitosamente en la carroña, abundan en la costa occidental, y el cuidado con que vigilan a las focas indica en qué confían para alimentarse. El agua, pero probablemente sólo en la superficie, es dulce; eso proviene del gran número de torrentes que, en forma de cascadas, se precipitan en el mar desde lo alto de las montañas graníticas. El agua dulce atrae a los peces y éstos atraen a su vez a un gran número de golondrinas de mar, gaviotas y dos especies de cuervos marinos. Vemos también una pareja de magníficos cisnes de cuello negro y muchas de esas pequeñas nutrias cuya piel es tan estimada. A nuestro regreso, nos divertimos mucho viendo centenares de focas jóvenes y viejas precipitarse impetuosamente al mar, a medida que pasa nuestra canoa. Pero no permanecen mucho tiempo bajo el agua; vuelven casi inmediatamente a la superficie y nos siguen con el cuello tendido dando pruebas de la más profunda sorpresa.


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