Viaje de un naturalista alrededor del mundo

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Parto, acompañado de un guía, para efectuar una corta excursión, durante la cual no logro aprender gran cosa sobre la geología del país o acerca de sus habitantes. No son muchos los terrenos cultivados en Valdivia; después de haber atravesado un río situado a la distancia de algunas millas, entramos en la selva y no encontramos sino una miserable choza antes de llegar al sitio donde hemos de pasar la noche. La pequeña diferencia de latitud, 150 millas (249 kilómetros), es suficiente para dar a la selva un aspecto por completo nuevo cuando se la compara con las de Chiloé. Esto proviene de una proporción ligeramente diferente de las especies de árboles. Los árboles de hoja perenne no resultan tan numerosos, y el follaje parece menos oscuro. Lo mismo que en Chiloé, los juncos se entrelazan alrededor de las partes inferiores de los árboles; pero se ve aquí otra especie de junco, muy semejante al bambú de Brasil, y que alcanza unos 20 pies de altura; ese bambú crece por grupos y adorna de encantadora manera las orillas de algunos arroyos. Los indios se sirven de esa planta para hacerse sus chuzos o largas lanzas. La choza en la que debíamos pasar la noche está tan sucia que prefiero dormir al aire libre; la primera noche resulta en esas expediciones ordinariamente muy desagradable, porque aun no se está habituado al cosquilleo y a las picaduras de las pulgas. A la mañana siguiente, no había en mis piernas un espacio del tamaño de una moneda de un chelín que no estuviese cubierto de la pequeña roncha indicadora del sitio en que la pulga había celebrado su festín.


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