Viaje de un naturalista alrededor del mundo

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Continuamos nuestra ruta a través de la espesa selva; de vez en cuando encontramos un indio a caballo o una tropilla de hermosas mulas cargadas de tablones y de trigo de las llanuras situadas más al sur. Por la tarde llegamos a la cima de una colina desde la que se divisa un admirable panorama de los llanos. La vista de esas inmensas llanuras sirve de verdadero alivio cuando, desde tanto tiempo, se ha permanecido sepultado, por así decirlo, en una selva perpetua, cuyo aspecto acaba por ser monótono. Esta costa occidental me recuerda agradablemente las inmensas llanuras de la Patagonia, y, sin embargo, con el verdadero espíritu de contradicción que llevamos en nosotros, no puedo olvidar la sublimidad del silencio de la selva. Los llanos forman la parte más fértil y la más poblada de este país, porque poseen la inmensa ventaja de estar enteramente desprovistos de árboles. Antes de abandonar la selva atravesamos algunas pequeñas praderas donde no se encuentra sino un árbol o dos, como en los parques ingleses; a menudo he observado con sorpresa que, en los distritos boscosos y ondulados, los árboles no crecen en las partes llanas. Uno de nuestros caballos está agotado de fatiga y me decido a detenerme en la misión de Cudico, tanto más cuanto que tengo una carta para el cura que en ella reside. Cudico es un distrito intermedio entre la selva y los llanos. Se ve un gran número de casitas con campos de trigo y de patatas que pertenecen casi todas a indios. Las tribus dependientes de Valdivia son de indios "reducidos" y cristianos. Los indios que viven más al norte, hacia Arauco e Imperial, son aún muy salvajes y no se han convertido al cristianismo; tampoco están en muy buenas relaciones con los blancos. El cura me dice que los indios cristianos no gustan mucho de ir a misa, pero que en suma tienen bastante respeto a la religión. Se experimentan grandes dificultades para hacerles observar las normas del matrimonio. Los indios salvajes tienen tantas mujeres cuantas pueden alimentar y un cacique tiene, a menudo, más de diez; cuando se entra en la morada de uno de ellos, se adivina fácilmente el número de sus mujeres por el de chozas separadas. Cada mujer está de turno una semana con el cacique; pero todas trabajan para él, le hacen ponchos, etc. Ser la mujer del cacique constituye un honor que buscan mucho las mujeres indias.


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