Viaje de un naturalista alrededor del mundo

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El bosque donde se hallan esas planarias lo visité por primera vez en compañía de un anciano sacerdote portugués que me llevó consigo de caza. Esta consiste en lanzar algunos perros dentro del bosque y en esperar pacientemente para disparar contra cualquier animal que se presente. El hijo de un colono vecino, excelente muestra de un joven brasileño salvaje, nos acompañaba. Ese joven se cubría con un pantalón y una camisa harapientos; iba con la cabeza desnuda y armado de un viejo fusil y un cuchillo. La costumbre de llevar cuchillo es general en el país; las plantas trepadoras hacen por lo demás indispensable su empleo así que se quiere atravesar un bosque algo espeso; pero también se puede atribuir a su uso los frecuentes homicidios que ocurren en el Brasil. Los brasileños se sirven del cuchillo con una habilidad consumada; pueden arrojarlo a una distancia bastante considerable, y con tanta fuerza y precisión, que causan casi siempre una herida mortal. He visto a un gran número de chiquillos ensayándose a arrojar el cuchillo mientras jugaban; la facilidad con que lo clavaban en un poste fijo al suelo era una promesa para el porvenir. Mi compañero había matado el día anterior dos monos barbudos. Estos animales tienen cola que les permite aprisionar los objetos con ella, cola cuyo extremo puede soportar el peso entero del animal aun después de muerto. Uno de ellos había quedado así fijo a una rama, y se hizo preciso cortar un gran árbol para llegar hasta él; lo que, por lo demás, fue hecho pronto. Además de esos monos, casi no matamos más que algunas cotorritas verdes y algunos tucanes. Sin embargo, me fue provechoso el conocimiento con el sacerdote portugués, porque, otra vez, me proporcionó un bello ejemplar del gato yaguarundí.


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