Viaje de un naturalista alrededor del mundo
Viaje de un naturalista alrededor del mundo De madrugada, trepo a una montaña situada en uno de los lados del valle; desde allí disfruto de una magnífica vista de las Pampas. Hace ya mucho tiempo que me prometía un vivo placer de tal espectáculo; pero recibo una gran decepción; en el primer momento creo estar viendo el océano; pero pronto descubro numerosas desigualdades de terreno en dirección norte. Los ríos forman el rasgo más notable del cuadro; al salir el Sol, resplandecen como hilos de plata hasta que se pierden en lontananza. A eso del mediodía, descendemos al valle y nos dirigimos a una choza donde están apostados un oficial y tres soldados cuya misión es revisar los pasaportes. Uno de esos hombres es un verdadero indio de las Pampas; se le tiene allí como una especie de perro de caza, encargado de descubrir a aquellas personas que pretendieran pasar secretamente a pie o a caballo. Hace algunos años, un viajero trató de pasar sin ser visto dando un largo rodeo, a través de una montaña vecina; pero este indio, habiendo descubierto por azar las huellas de los pasos del viajero, las siguió durante toda una jornada a través de peñascos y colinas, y acabó por descubrir su presa oculta en una caverna. Nos dicen que las bellas nubes de las que tanto habíamos admirado los colores brillantes desde la cima de la montaña han descargado aquí torrentes de lluvia. A partir de este punto, el valle se ensancha gradualmente, las colinas disminuyen de altura y pronto nos hallamos en una llanura formada de detritos que se extiende en suave pendiente y está cubierta de árboles achaparrados y de matorrales. Aunque ese talud parece muy estrecho, debe de tener por lo menos 10 millas de ancho antes de confundirse con las Pampas absolutamente llanas. Vemos al pasar la única casa que existe en aquel lugar, la Estancia de Chaquaio, y a la puesta del Sol nos detenemos para vivaquear en el primer lugar abrigado con que tropezamos.