Viaje de un naturalista alrededor del mundo

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17.- Relación entre las lluvias y los terremotos.

A menudo se ha puesto en duda la relación que existe entre el tiempo y los terremotos; ese es, a mi parecer, un punto que presenta mucho interés y que es poco conocido. Humboldt ha hecho observar en una parte de sus Memorias⁽¹⁴⁷⁾, que le será difícil a cualquiera que haya vivido mucho tiempo en Nueva Andalucía⁽¹⁴⁸⁾ o en el Perú meridional negar que existe una relación entre esos fenómenos; sin embargo, en otra parte de la misma obra parece no conceder demasiada importancia a esa relación. Se dice que en Guayaquil un terremoto se produce invariablemente después de un fuerte aguacero durante la estación seca. En Chile septentrional llueve muy rara vez; es asimismo raro que el tiempo sea lluvioso; semejantes coincidencias no pueden, pues, observarse mucho; los habitantes están sin embargo convencidos de que existe cierta relación entre el estado de la atmósfera y el terremoto. Una observación hecha en mi presencia en Copiapó me convenció totalmente de que tal es la opinión de sus habitantes. Acababa yo de decir que en Coquimbo se había sentido un terremoto bastante violento y me respondieron inmediatamente: "¡Qué felices son! Este año tendrán muchos pastos". Para ellos, un terremoto anuncia con tanta seguridad la lluvia como ésta anuncia abundantes pastos. En efecto, el mismo día de la sacudida cayó el aguacero de que antes hablé y en diez días hizo brotar la hierba por todas partes. En otras épocas la lluvia ha seguido a los terremotos durante una época del año en que la lluvia es un verdadero prodigio. Esto sucedió después del terremoto de 1822 y después del de 1829 en Valparaíso, y, en fin, después del de septiembre de 1833 en Tacna. Hay que estar algo habituado al clima de esos países para poder comprender cuán improbable es que llueva durante esas épocas, a menos que algún agente que se salga del curso ordinario de las cosas actúe de pronto. Cuando se trata de grandes erupciones volcánicas, como la de Coseguina, donde torrentes de lluvia cayeron en una época del año durante la cual no llueve jamás y donde esos aguaceros constituyen "un fenómeno sin precedentes en América central", se comprende con bastante facilidad que los vapores y las cenizas escapados del volcán hayan podido turbar el equilibrio atmosférico. Humboldt aplica este mismo razonamiento a los terremotos que no van acompañados de erupciones; pero confieso que me parece difícil admitir que las pequeñas cantidades de fluidos aeriformes que se escapan entonces de las grietas del terreno puedan producir efectos tan notables. La explicación propuesta por P. Scrope me parece mucho más probable. Según ese señor, cuando la columna de mercurio está baja y, por consiguiente, pudiera esperarse que lloviera, la menor presión de la atmósfera en una inmensa extensión de terreno podría determinar el día preciso en que la corteza terrestre, distendida en exceso por las fuerzas subterráneas, cedería, se agrietaría y, por consiguiente, temblaría. Sin embargo, es dudoso que pueda ser explicada así la lluvia torrencial durante la estación seca, lluvia que cae después de un terremoto que no ha ido acompañado de ninguna erupción; estos últimos casos parecen indicar una relación más íntima entre las regiones subterráneas y la atmósfera.


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