Viaje de un naturalista alrededor del mundo
Viaje de un naturalista alrededor del mundo El tamaño y el peso de las bolas varía según el fin a que están destinadas; hechas de piedra y apenas del tamaño de una manzana, chocan con tanta fuerza, que algunas veces rompen la pata del caballo en torno a la cual se enrollan; se hacen también de madera, del tamaño de un nabo, para apoderarse de los animales sin herirlos. Algunas veces las bolas son de hierro, y son éstas las que alcanzan la mayor distancia. La principal dificultad para servirse del lazo o de las boleadoras consiste en montar tan bien a caballo, que se pueda, mientras se corre a galope o cambiando de pronto de dirección, hacerlos girar acompasadamente alrededor de la cabeza para poder apuntar; a pie se aprendería muy pronto a manejarlos. Un día, me entretenía galopando mientras hacía dar vueltas a las boleadoras en torno a mi cabeza, cuando la bola libre encontró por accidente un pequeño arbusto; al cesar de pronto el movimiento de revolución la bola cayó a tierra, después rebotó en seguida y fue a enrollarse en torno de una de las patas traseras de mi caballo; la otra bola se me escapó entonces y mi corcel se halló preso. Por fortuna era un viejo y experimentado caballo, porque de otro modo se hubiera puesto a dar vueltas hasta que hubiera caído de costado. Los gauchos soltaron la carcajada gritando que hasta entonces habían visto aprehender toda clase de animales, pero que jamás habían visto un hombre que se aprisionara a sí mismo.