Viaje de un naturalista alrededor del mundo
Viaje de un naturalista alrededor del mundo Entre las escenas que causaron más profunda impresión en mi espíritu, ninguna tan sublime como el aspecto de las selvas vírgenes que no muestran aún la huella del paso del hombre; sean éstas las selvas de Brasil, donde domina la vida en toda su exuberancia; sean las de Tierra del Fuego, donde la muerte reina como soberana. Son unas y otras dos verdaderos templos llenos de todas las espléndidas producciones de la diosa Naturaleza. Nadie, según creo, puede penetrar en esas vastas soledades sin sentir una viva emoción y sin comprender que hay en el hombre algo más que la vida animal. Cuando evoco los recuerdos del pasado, las llanuras de la Patagonia acuden frecuentemente a mi memoria, y, sin embargo, todos los viajeros están acordes en afirmar que son miserables desiertos. No se les puede atribuir casi más que caracteres negativos; en efecto, no se encuentran allí ni casas, ni agua, ni árboles, ni montañas; apenas si se ven algunos arbustos achaparrados. ¿Por qué, entonces, esos desiertos –y no soy el único que ha experimentado ese sentimiento– han causado en mí tan profunda impresión? ¿Por qué las Pampas, aun más llanas, más verdes, más fértiles, y que al menos son útiles al hombre, no me han producido semejante efecto? No puedo tratar de analizar esos sentimientos, pero deben de provenir en parte del libre impulso dado a la imaginación. Las llanuras de la Patagonia son ilimitadas; apenas si pueden ser atravesadas, tan desconocidas son; parecen hallarse desde hace siglos en su estado actual, y se podría creer que deben subsistir así siempre, sin que el menor cambio ocurra en su superficie. Si como suponían los antiguos, la Tierra fuera plana y estuviera rodeada de agua o de desiertos, verdaderas hogueras imposibles de atravesar, ¿quién dejaría de experimentar una profunda sensación, aunque mal definida, al borde de esos límites impuestos al conocimiento humano?