Cartas desde mi molino
Cartas desde mi molino Un lindo bosque de pino, chispeante de luces, baja ante mà hasta el pie del repecho. En el horizonte destácanse las agudas cresterÃas de los Alpilles. No se oye ruido alguno. A lo más, de tarde en tarde, el sonido de un pÃfano entre los espliegos, un collarón de mulas en el camino. Todo ese hermoso paisaje provenzal sólo vive por la luz.
Y ahora, ¿cómo queréis que eche de menos vuestro ParÃs ruidoso y obscuro? ¡Estoy también en mi molino! Este es el rinconcito que yo buscaba, un rinconcito aromático y cálido, á mil leguas de los periódicos, de los coches de alquiler, de la niebla. ¡Y cuántas cosas bonitas en torno mÃo! No hace más de una semana que estoy aquà instalado, y tengo llena ya la cabeza de impresiones y recuerdos. Sin más, ayer tarde presencié la vuelta de los rebaños a una masÃa que está al pie de la cuesta, y os juro que no cambiarÃa ese espectáculo por todos los estrenos que hayáis tenido en esta semana en ParÃs. Y si no, juzgad.
Habéis de saber que en Provenza es costumbre enviar el ganado a los Alpes cuando llegan los calores. Brutos y personas pasan allà arriba cinco o seis meses, alojados al sereno, con hierba hasta la altura del vientre; luego, al primer frescor del otoño, vuelta a bajar a la masÃa, y vuelta a rumiar burguesmente los grises altonazos que aromatiza el romero.