Pueblo de madera
Pueblo de madera Miraba aquella ciudad insolente que habĂa ocupado su lugar en las riberas del rĂo, y de tres mil árboles gigantescos. Toda Wood’stown estaba hecha con su vida misma. Los altos mástiles que se balanceaban en el puerto, aquellos innumerables desniveles uno tras otro, hasta la Ăşltima cabaña del barrio más alejado, todo se lo debĂan, tanto los instrumentos de trabajo como los muebles, tomando sĂłlo en cuenta el largo de sus ramas. Por esto, ¡quĂ© rencor terrible guardaba contra esta ciudad de ladrones!
Mientras durĂł el invierno, no se notĂł nada. Los habitantes de Wood’stown oĂan a veces un crujido sordo en sus techumbres y en sus muebles. De vez en cuando una muralla se rajaba, un mostrador de tienda estallaba en dos estruendos. Pero la madera nueva padece estos accidentes y nadie les daba importancia. Sin embargo, al acercarse la primavera -una primavera sĂşbita, violenta, tan rica de savia que se sentĂa bajo la tierra como el rumor de las fuentes- el suelo comenzĂł a agitarse, levantado por fuerzas invisibles y activas. En cada casa, los muebles, las paredes de los muros se hinchaban y se veĂa en los tablones del piso largas elevaciones, como ante el paso de un topo. Ni puertas, ni ventanas, ni nada funcionaba. “Es la humedad -decĂan los habitantes- con el calor pasará”.
