La Celestina
La Celestina Pleberio, tornado a su cámara con grandíssi-
mo llanto, preguntale Alisa su muger la causa
de tan súpito mal. Cuéntale la muerte de su hija
Melibea, mostrándole el cuerpo della todo
hecho pedaços e haziendo su planto concluye.
PLEBERIO, ALISA.
ALISA.- ¿Qué es esto, señor Pleberio? ¿Por
qué son tus fuertes alaridos? Sin seso estaua
adormida del pesar que oue, quando oy dezir
que sentía dolor nuestra hija; agora oyendo tus
gemidos, tus vozes tan altas, tus quexas no
acostumbradas, tu llanto e congoxa de tanto
sentimiento, en tal manera penetraron mis en-
trañas, en tal manera traspasaron mi coraçón,
assí abiuaron mis turbados sentidos, que el ya
rescibido pesar alançé de mí. Vn dolor sacó
otro, vn sentimiento [216] otro. Dime la causa
de tus quexas. ¿Por qué maldizes tu honrrada
vegez? ¿Por qué pides la muerte? ¿Por qué
arrancas tus blancos cabellos? ¿Por qué hieres
tu honrrada cara? ¿Es algún mal de Melibea?
Por Dios, que me lo digas, porque si ella pena,
no quiero yo viuir.
PLEBERIO.- ¡Ay, ay, noble muger! Nuestro
gozo en el pozo. Nuestro bien todo es perdido.
¡No queramos más biuir! E porque el incogita-
