Ciudadela
Ciudadela En el silencio de mi amor hice ejecutar a gran número de ellos. Pero cada muerte alimentaba la lava subterránea de la rebelión. Pues se acepta la evidencia. Pero no la había. No se comprendía bien en nombre de qué verdad clara habían vuelto a morir. Fue entonces cuando recibí de la sabiduría de Dios enseñanzas sobre el poder.
Porque el poder no se explica por el rigor, sino por la mera sencillez del lenguaje. Y ciertamente, es necesario el rigor para imponer el lenguaje nuevo, pues nada lo demuestra y no es más verdadero ni más falso, sino otro. Pero ¿cómo impondría el rigor un lenguaje que por sí mismo dividiría a los hombres permitiéndoles contradecirse? Porque imponer semejante lenguaje es imponer la división y desmantelar el rigor.
Lo puedo, a mi arbitrio, cuando simplifico. Entonces impongo al hombre de porvenir otro porvenir más extendido, más claro, más generoso y más ferviente, al fin unido a él mismo en sus aspiraciones, y una vez que llega a ser, cómo reniega de la larva que descubre haber sido, cómo se asombra de su propio esplendor, se maravilla y se hace mi aliado y el soldado de mi rigor. Y mi rigor no tiene otro cimiento que su papel. Es puerta monumental a través de la cual quizás los latigazos obliguen a pasar al rebaño para que mude y se transfigure. Pero a todos aquéllos no se los ha obligado: son convertidos.