Ciudadela

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Porque comprendí. La oruga muere cuando se convierte en crisálida. La planta muere cuando se transforma en grano. Quien muda conoce la tristeza y la angustia. Todo en él se hace inútil. Quien muda es sólo cementerio y pesar. Y esta multitud esperaba la muda después de gastar el viejo imperio que nadie sabría rejuvenecer. No se cura a la oruga, ni a la planta, ni al niño que muda y reclama, para hallarse feliz, volver a la infancia y verse de nuevo con los colores de los juegos que le fastidian en la dulzura de los brazos maternales y sentir el sabor de la leche, pero ya no existen los colores de los juegos, ni el refugio de los brazos maternales, ni el sabor de la leche. Y se está triste. Después de gastar el viejo imperio, los hombres, sin conocerlo, reclaman el imperio nuevo. El niño que ha mudado y ha perdido el consuelo de la madre no conocerá el reposo hasta que no haya encontrado a la mujer. Sola, de nuevo, ella se le unirá. Pero ¿quién puede mostrarle su imperio a los hombres? ¿Quién puede, en la disparidad del mundo, por la sola virtud de su genio, tallar un rostro nuevo y forzarlo a volver los ojos en su dirección y a conocerlo? ¿Y al conocerlo, amarlo? No es obra de lógico, sino de creador y de escultor. Porque sólo éste forja en el mármol que no precisa justificarse e imprime en el mármol el poder de despertar el amor.



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