Ciudadela
Ciudadela Así, de la ironía, que no es del hombre, sino del cangrejo. Porque de mi gobernador, que domina y es respetado, he obtenido efectos cómicos comparándolo a un asno, y nadie se esperaba mi audacia. Pero llegó el momento en que mezclé tan íntimamente al asno y al gobernador que nadie reía cuando expresaba mi evidencia. Y he arruinado una jerarquía, una posibilidad de ascensión, de ambiciones fértiles, una imagen de la grandeza. He robado un granero y he dispersado los granos. La falta, la traición, es que, si he podido emplear y a un tiempo destruir a mi gobernador, es porque otros lo habían instituido. Se me ha ofrecido una ocasión de expresarme, la he aprovechado para destruirla. He traicionado.
Pero el que escribe con rigor y forja su instrumento para utilizar el vehículo, aguza su arma para su uso, y aumenta de ese modo sus provisiones a medida que las consume. Y aquél que domina a su pueblo, por la verdad de su palabra, aumenta su canción a medida que se sirve de ella y, a fin de cuentas, será a quien sigan más lejos en la guerra. Y aquél que funda el sentimiento de la grandeza. Construye el instrumento del que se servirá mañana.