Ciudadela
Ciudadela Volví a cerrar la puerta y me fui por los largos corredores. Pleno de estima y de amor: «¿Qué es dejarle la vida en la esclavitud, cuando su grandeza es su orgullo?». Y me cruzaba con las patrullas, los carceleros, los barrenderos del amanecer. Y todo ese pueblo sería su prisionero. Y esos muros pesados guardaban su prisionero, como esas ruinas desmenuzadas que obtienen un sentido del tesoro enterrado. Y me volví una vez más aún hacia la prisión. Con su torre en forma de corona arrojada a los astros, navío en marcha con su cargamento, por entero ferviente, y yo me decía: «¿Quién lo lleva?». Y lejos de mí amontonada en la noche, esta prisión parecía las fauces de un polvorín.
Meditaba sobre los de la ciudad. «Por cierto, lo llorarán -meditaba. Pero también es bueno que lloren».
Porque meditaba los cantos, los rumores y las meditaciones de mi pueblo. «Lo enterrarán». Pero no se entierra, reflexionaba. Lo que se entierra es semilla. No tengo poder contra la vida y él tendrá razón algún día. Lo cuelgo al extremo de una cuerda. Pero oiré cantar su muerte. Y ese llamado repercutirá sobre quien quiere conciliar lo que se parte. Pero ¿qué conciliaría yo?