Ciudadela

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Consideraba de nuevo esta ciudad que se iluminaba en la tarde. Un rostro blanco, a veces azul, con sus luces como empolladas, alumbrando por dentro las moradas. Y la estructura de sus calles. Y su silencio que comenzaba, porque se hacía en ella el silencio que llega hasta las rocas submarinas. Y como admirara el dibujo de las calles y plazas y aquí y allá esos templos como graneros espirituales, y alrededor esa vestimenta sombría de la colina, me vino la imagen, a pesar de la carne de la que estaba plena, de una planta seca, cortada de sus raíces. Se me presentó la imagen de graneros vacíos. No había ya allí un ser vivo del que cada parte resonara sobre la otra; no existía ya allí un corazón anudando la sangre para volcarla en toda la sustancia; no había ya una carne única, capaz de regocijarse junta los días de fiesta, capaz de formar un campo único. No había sino parásitos instalados en las conchas de otros, descansando cada uno en su prisión y no colaborando. No era ya una ciudad, sino una corteza de ciudad llena de muertos que creían vivir. Me decía: «He aquí un árbol que se va a secar. He aquí un fruto que va a podrirse. He aquí el cadáver de una tortuga en su caparazón». Y me pareció evidente que mi ciudad necesitaba llenarse nuevamente de savia. Era preciso volver a ligar al tronco nutricio todas las ramas. Era preciso llenar los graneros y las cisternas con sus provisiones de silencio. Y era preciso que lo hiciese yo; si no, ¿quién amaría a los hombres?


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