Ciudadela
Ciudadela La tarde en que descendía de mi montaña por la vertiente donde ya no conocía a nadie, como un hombre enterrado por ángeles mudos, me llegó el consuelo de envejecer. Y de ser un árbol cargado de sus ramas, endurecido por nudos y arrugas, y como embalsamado por el tiempo en el pergamino de mis dedos, y tan difícil de herir como si ya me hubiera transformado en mí mismo. Y me decía: « Al que ha envejecido de esta manera, ¿cómo podrá espantarlo el tirano con el olor de los suplicios, que es olor a leche agria, y cambiar en él lo que sea, puesto que tiene su vida detrás de él, como un manto deshecho que sólo se tiene por un cordón? Así estoy registrado en la memoria de los hombres. Y ninguna denuncia de mi parte tendrá ya sentido».
Entonces me consoló verme desligado de mis trabas, como si en lo invisible toda esa carne resecada se me hubiera transformado en alas. Como si me paseara, al fin nacido de mí mismo, en compañía del arcángel que tanto había buscado. Como si, al abandonar mi vieja envoltura, me descubriera extraordinariamente joven. Y esta juventud no estaba hecha de entusiasmo, ni de deseo; sino de una extraordinaria serenidad. Esta juventud era de ésas que abordan la eternidad, no de aquéllas que abordan al alba los tumultos de la vida. Era de espacio y de tiempo. Me parecía que al acabar de transformarse había alcanzado un ser eterno.