Ciudadela

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El amigo es en primer lugar el que no juzga. Lo he dicho, es el que abre su puerta al caminante, a su muleta, a su vara dejada en un rincón y que no le pide bailar para juzgar su danza. Y si el caminante habla de la primavera en la ruta de afuera, el amigo es el que recibe en sí la primavera. Y si cuenta el horror del hambre en el pueblo de donde viene, sufre el hambre con él. Porque te lo he dicho: el amigo en el hombre es la parte que es para ti y que abre para ti una puerta que no abre en otro lugar. Y tu amigo es sincero, y todo lo que dice es verdadero, y te ama aun cuando te odia en la otra casa. Y el amigo en el templo, aquél que, gracias a Dios, codeo y encuentro, es el que vuelve a mí un rostro igual al mío, iluminado por el mismo Dios; porque entonces la unidad está hecha, aun cuando en otra parte sea boticario cuando yo soy capitán, o jardinero cuando soy marino en el mar. Por encima de nuestras divisiones lo he encontrado y soy su amigo. Y puedo callarme cerca de él, es decir, no temer por mis jardines interiores y mis montañas y mis barrancas y mis desiertos, pues no paseará allí sus zapatos. Tú, mi amigo, recibes con amor lo que te doy, como al embajador de mi imperio interior. Y lo tratas bien, y lo haces sentar y lo escuchas. Y henos aquí felices. ¿Cuándo me has visto, cuando recibía embajadores, tenerlos apartados o rechazarlos porque en el fondo de su imperio, a mil días de marcha del mío, se alimentan de manjares que no me gustan o porque sus costumbres no son las mías? La amistad es ante todo tregua y gran circulación del espíritu por encima de detalles vulgares. Y nada aproximo a aquél que se da importancia en mi mesa.


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