Ciudadela

Ciudadela

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

64

Entonces los pillastres se instalaron en mi imperio. Porque nadie creía ya en el hombre. Y el rostro patético ya no era máscara, sino tapa de una caja vacía.

Porque han ido de destrucción del Ser en destrucción del Ser. Y no veo en ellos, en adelante, nada que merezca que se muera por ellos. O que se viva. Pues aceptas morir únicamente por aquello que necesitas para vivir. Consumían las viejas construcciones, alegrándose del ruido de la caída de los templos. Y sin embargo, esos templos que se desplomaban no les dejaban nada en cambio. Destruían, pues, su propio poder de expresión. Y destruían al hombre.

O bien alguno se equivocaba acerca de la alegría. Porque primero había dicho: «La ciudad». Y sus resistencias y sus costumbres y sus ritos obligatorios. Había nacido un pueblo ferviente. Después de lo cual lo confundió. Y pretendió extraer su alegría, no de una estructura realizada y lentamente amasada, sino de la instalación en alguna cosa que fue provisión, como en el poema. Y la esperanza es vana.

De este modo, los que habían mirado al hombre considerándolo grande, deseaban para él la libertad. Porque vieron que las sujeciones se burlaban del hombre fuerte. Y, por cierto, el enemigo que te funda al mismo tiempo te limita. Mas suprime al enemigo y ni siquiera podrás nacer.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker