Ciudadela

Ciudadela

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Porque les he visto amasar su greda. Sus mujeres vienen, les tocan en el hombro, es la hora de la comida. Pero las reenvían a sus ollas, tan apegados están a su obra. Después llega la noche, y en la palidez de las lámparas de aceite los vuelves a hallar buscando en la pasta una forma que no podrían expresar en palabras. Y pocos se alejan, si son fervientes, pues se les pega como un fruto al árbol. Y son troncos de savia para nutrirla. No abandonarán su obra hasta que no se desprenda de sí misma como un fruto que ha llegado a ser. ¿Dónde has visto, cuando se agotan, que les importe el dinero ganado o los honores o el destino final de su objeto? No trabajan jamás, en el instante del trabajo, ni para los mercaderes ni para ellos mismos, sino para la urna de tierra y la curvatura de su asa. Velan por esa figura que satisface lentamente su corazón, lo mismo que a la mujer le viene el amor maternal a medida que el niño formado se le remueve en el vientre.

Pero si os reúno para someteros todos juntos a la gran urna que construyo en el corazón de las ciudades, para que sea un granero del silencio del templo, entonces es bueno que en su ascensión extraiga de vosotros algo, y que lo podáis amar. Es bueno que yo os constriña a construir el casco, los puentes y la arboladura de un velero que irá al mar y después, que en día de bodas, os lo haga vestir de velas y ofrecer al mar.


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