Ciudadela

Ciudadela

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Vino el que contradijo a mi padre:

—La dicha de los hombres… -decía.

Mi padre le cortĂł la palabra:

—No pronuncies ese vocablo en mi casa. Me gustan las palabras que llevan en sí su peso de entrañas; pero arrojo las cáscaras vacías.

—Sin embargo -dijo el otro-, si tú, jefe de un imperio, no te preocupas el primero por la dicha de los hombres…

—No me preocupo -respondió mi padre- de correr tras el viento para hacer provisiones, porque si lo mantengo inmóvil, el viento deja de ser.

—Yo -dijo el otro-, si fuera jefe de un imperio, desearía que los hombres fueran dichosos…

—¡Ah! -dijo mi padre. Ahora te comprendo mejor. Esa palabra no es un punto hueco. He conocido, en efecto, hombres desdichados y hombres felices. He conocido también hombres gordos o flacos, enfermos o sanos, vivos o muertos. Y yo también deseo que los hombres sean dichosos, lo mismo que los deseo vivos antes que muertos. Aunque es muy necesario que las generaciones pasen.

—Estamos, pues, de acuerdo -exclamó el otro.

—No -dijo mi padre.

Meditó; después:


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