Ciudadela
Ciudadela Y me sobrevino la gran serenidad de la permanencia.
Porque nada puedes esperar si las cosas no duran más que tú. Y me recuerdo de esa población que honraba a sus muertos. Y la piedad sepulcral de cada familia, uno después de otro, recibÃa a los muertos. Y ellas eran las que establecÃan esta permanencia.
—¿Sois felices? -pregunté.
—Y cómo no serlo, sabiendo donde iremos a dormir.