Ciudadela

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Me sobrevino el imperecedero deseo de edificar las almas. Y me nació el odio a los adoradores de lo usual. Porque al fin de cuentas si sirves la realidad hallarás sólo alimento para ofrecer al hombre, el cual cambia poco de gusto según la civilización. (¡Y hasta he hablado del agua que se transforma en cántico!).

Pues el placer de ser gobernador de provincia lo debes a mi arquitectura, que de nada te sirve en el instante, sino que solamente te exalta según la imagen que he fundado de mi dominio. Y los placeres, aun los de vanidad, no se deben a los objetos ponderables, que de nada te sirven en el instante y de los cuales sólo consideras el color que tienen en la claridad de mi imperio.

¿Y me dirás que la que se ha bañado quince años en los aromas y los óleos, a la que enseñaron la poesía, la gracia y el silencio acogedor, y que bajo la frente lisa es patria de fuentes, porque otro cuerpo se parezca al suyo, compone para tus noches el mismo brebaje que la prostituta que pagas?

Y si no las distingues pretextando enriquecerte al facilitar tus conquistas, pues te costará menos esfuerzos construir una prostituta que fundar una princesa, te empobrecerás.


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