Ciudadela
Ciudadela Ese rechazo a ser trascendidos:
—Yo… -dicen.
Y se golpean el vientre. Como si hubiera alguien en ellos, para ellos. Lo mismo que si las piedras del templo dijeran: «Yo, yo, yo…».
Así, con los que condenaba a extraer los diamantes. El sudor, las fatigas, el embrutecimiento, se transformaban en diamantes y luz. Y existían por el diamante que era su significado. Pero llegó el día en que se sublevaron. «¡Yo, yo, yo!», decían. He aquí que rehusaban someterse al diamante. Y no querían ya llegar a ser. Sino sentirse honrados por ellos mismos. Eran feos porque son bellos en el diamante. Porque las piedras son bellas en el templo. Porque el árbol es bello en el dominio. Porque el río es bello en el imperio. Y se canta al río: tú, el que nutres nuestros rebaños, tú, sangre lenta de nuestras llanuras, tú, el conductor de nuestros navíos…
Pero ellos se estimaban como mira y como fin. Y es interesaban únicamente en lo que les servía, no en servir a algo más alto que ellos mismos.