Ciudadela
Ciudadela Pero al creerlo absoluto, por error, ya no se piensa en protegerlo. Y sé bien por dónde me amenaza el insensato. Y el juglar. El que modela rostros con la facilidad de sus dedos. Los que lo ven jugar pierden el sentido de su dominio. Por esto lo hago aprisionar y descuartizar. Mas ciertamente no a causa de mis juristas que me demuestran que está equivocado. Porque no lo está. Pero tampoco tiene razón; y yo lo rechazo en desquite por creerse más inteligente, más justo que mis juristas. Y es una equivocación que crea tener razón. Porque propone, él también, como absoluto, sus figuras enjambradas, brillantes, nacidas de sus manos; pero a las que les falta el peso, el tiempo, la cadena antigua de las religiones. Su estructura aún no se ha integrado. La mÃa lo estaba. Y he aquà por qué condeno al juglar y salvo asà a mi pueblo de pudrirse.
Porque aquel que no presta ya atención y no sabe que habita un navÃo, por anticipado está como desmantelado y pronto verá brotar el mar cuya ola lavará sus juegos imbéciles.
Porque me fue propuesta esta misma imagen de mi imperio una vez que estábamos en plena mar con el objeto de un peregrinaje, algunos de mi pueblo y yo mismo.