Ciudadela
Ciudadela Pues un día me sobrevino el conocimiento de que no podía equivocarme. No que me juzgase más fuerte que otro o razonase mejor, sino que al no creer más en las razones que se suceden de proposición en proposición según las reglas de la lógica, habiendo aprendido que la lógica es gobernada por algo más alto que ella, y que no es más que la huella en la arena de una marcha que es una danza, y que conduce o no hacia el pozo salvador según el genio del danzarín, habiendo comprendido con certeza que la historia una vez hecha es tributaria de la razón, ya que ningún paso faltará en la sucesión de pasos, y que es imposible leer acá el futuro del espíritu que domina los pasos; habiendo comprendido que una civilización, como un árbol, sale de la sola potencia de la simiente, que es una, a pesar que se diversifique y se distribuya y exprese en órganos diversos, raíces, tronco, ramas, hojas, flores y frutos, o sea el poder de la semilla una vez expresada. Habiendo comprendido que una civilización una vez lograda se remonta sin hitos hasta su origen, mostrando a los lógicos la pista del retroceso; pero sin que puedan descender porque no tienen contacto con el conductor. Habiendo escuchado a los hombres disputar sin que ninguno predominara verdaderamente; habiendo prestado oídos a los comentadores de los geómetras, que creyendo alcanzar verdades, no llegaban sino a renunciar al año siguiente con disgusto a sus afirmaciones, o acusaban a sus adversarios de sacrilegios, apegados a sus tambaleantes ídolos. Pero habiendo también compartido la mesa de mi amigo, el único geómetra verdadero, que sabía que buscaba un lenguaje para los hombres como el poeta que quiere decir su amor, un lenguaje que fuera tan simple para las piedras como para las estrellas, y que sabía perfectamente que año tras año tendría que cambiar de lenguaje, pues tal es la señal de la ascensión. Habiendo descubierto que no hay nada que sea falso, por la simple razón de que no hay nada que sea verdadero (y que es verdadero todo lo que brota, como el árbol); habiendo escuchado en el silencio de mi amor los balbuceos, los gritos de cólera, las risas y los llantos de mi pueblo. Habiendo en mi juventud (cuando se resistía a los argumentos con los que buscaba, no edificar, sino vestir mi pensamiento) abandonado la lucha vencido por el lenguaje eficaz de un abogado mejor que yo, pero sin renunciar jamás a mi permanencia, sabiendo que si me demostraba algo era simplemente porque yo me expresaba mal y empleando después argumentos más fuertes ya que si hay en ti caución verdadera, brotan indefinidamente como de una fuente. Habiendo alguna vez renunciado a entender el sentido incoherente de las palabras confusas de los hombres, me pareció más fecundo que simplemente trataran de escucharme, prefiriendo simplemente dejarme expandir como el árbol a partir de la simiente hasta el acabamiento de las raíces, del tronco, de las ramas, pues entonces no hay lugar a discusión, ya que el árbol existe. Y no se trata de elegir entre aquel árbol y algún otro, ya que uno solo da follaje suficientemente vasto como para abrigar.