Ciudadela

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Me llegué, pues, hasta él con pasos lentos; porque lo quería.

—Geómetra, amigo mío, rogaré a Dios por ti.

Mas estaba cansado de sus padecimientos.

—No te inquietes por mi cuerpo. Tengo la pierna muerta y el brazo muerto; soy semejante a un árbol viejo. Deja hacer al leñador…

—¿No lamentas nada, geómetra?

—¿Qué he de lamentar? Tengo el recuerdo de un brazo válido y de una pierna válida. Mas toda la vida es nacimiento. Y uno se acepta tal como es. ¿Has añorado alguna vez tu primera infancia, tus quince años, o tu madurez? Esas añoranzas son añoranzas del mal poeta. No hay allí añoranza, sino dulzura de la melancolía, que no es padecimiento, sino aroma en el frasco de un licor evaporado. Es verdad que lamentas tu ojo el día en que lo pierdes, porque toda mudanza es dolorosa. No es patético pasearse por la vida con un solo ojo. Y yo he visto reír a los ciegos.

—Uno puede acordarse de su dicha …


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