Ciudadela
Ciudadela Así, sucede con la verdad, cuando se hace a mi uso.
Y te asombras. Pero no te asombras, que yo sepa, de que el agua que bebes, el pan que comes, se hagan luz de los ojos. Ni cuando el sol se convierte en ramajes, y fruto y grano. Y, por cierto nada encontrarás en el fruto que se parezca al sol.
Simplemente, nada en el cedro que se parezca a la semilla del cedro.
Porque nacido de él, no significa que se le asemeje.
O mejor, llamo «semejanza» a algo que no pertenece ni a tus ojos ni a tu inteligencia, sino a tu espíritu. Y esto es lo que quiero expresar cuando digo que la creación semeja a Dios, el fruto al sol, el poema al objeto del poema y el hombre que he hecho brotar en ti al ceremonial del imperio.
Y esto es muy importante, porque incapaz de reconocer por los ojos una filiación que no tiene sentido sino para el espíritu, rehúsas las condiciones de tu grandeza. Eres semejante al árbol que al no hallar los signos del sol en el fruto rehusara el sol. O mejor, como el profesor que al no hallar en la obra el movimiento informulable del que ella es resultado, la estudia, descubre su plan, desglosa si puede hallarles leyes internas, y te fabrica a continuación una obra que las aplica, y te obliga a huir para no escucharlas.