Ciudadela
Ciudadela Se levantó un viento de arena que acarreó hasta nosotros los desperdicios de oasis lejanos, y el campamento se colmó de pájaros. Bajo cada tienda compartieron nuestra vida, mansos y buscando nuestro hombro. Sin embargo, faltos de alimentos, perecían cada día por millares, muy pronto secos y crujientes como una corteza de madera muerta. Como apestaban el aire, los hice recoger. Se llenaron grandes canastas y se vertió ese polvo en el mar.
Cuando conocimos por primera vez la sed, asistimos en la hora de los calores del sol a la edificación de un espejismo. La ciudad geométrica se reflejaba, pura de líneas, en las aguas calmas. Un hombre se volvió loco, profirió un grito y echó a correr en dirección a la ciudad. Como el grito del pato silvestre que emigra en todos los otros patos, comprendí que el grito del hombre había sacudido a los otros hombres. Estaban prontos, a continuación del inspirado, para oscilar entre ese espejismo y la nada. Una carabina bien apuntada lo derribó. Y fue sólo un cadáver, que por fin nos tranquilizó.
Uno de mis soldados lloraba.
—¿Qué tienes? -le pregunté.
Creía que lloraba al muerto.
Pero había descubierto a sus pies una de esas cortezas crujientes y lloraba un cielo desnudo de pájaros.