Ciudadela

Ciudadela

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El sol emergiĂł triangular, recortado por la bruma de arena. Fue como un punzĂłn para nuestra carne. Varios hombres cayeron golpeados en el crĂĄneo. Los locos se declararon en gran nĂșmero. Pero ya no habĂ­a espejismos que los llamaran con sus ciudades limpias. No habĂ­a ya ni espejismo ni horizonte puro, ni lĂ­neas estables. La arena nos envolvĂ­a con una luz tumultuosa de horno de ladrillos.

Cuando alcé la cabeza percibí, a través de las volutas, el tizón pålido que mantenía el incendio. «El hierro de Dios, meditaba, que nos marcaba como a bestias».

—¿QuĂ© tienes? -dije a un hombre que titubeaba.

—Soy ciego.

Hice despanzurrar dos camellos de cada tres y bebimos el agua de sus vísceras. Cargamos a los supervivientes con la totalidad de los hombres vacíos y, gobernando esta caravana, envié hombres hacia el pozo de El Ksour, que se decía dudoso.

—Si El Ksour estĂĄ agotado, morirĂ©is allĂ­ lo mismo que aquĂ­.

Pero volvieron después de dos días sin que los acontecimientos me costaran el tercio de mis hombres.

—El pozo de El Ksour -testimoniaron- es una ventana a la vida.

Bebimos y nos concentramos en El Ksour para beber todavĂ­a y rehacer las provisiones de agua.


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