Ciudadela
Ciudadela He comprobado que se equivocaban acerca del respeto. Porque yo mismo me he preocupado exclusivamente de los derechos de Dios a través del hombre. Y ciertamente, sin exagerar su importancia, he concebido al mendigo mismo como un embajador de Dios.
Pero los derechos del mendigo y de la úlcera, del mendigo y de su fealdad honrados por ellos mismos como ídolos, no los he reconocido.
¿He contorneado yo algo más repelente que ese barrio de ciudad construido en el flanco de una colina y que se deslizaba como una cloaca hacia el mar? Los corredores que desembocaban en las callejas vertían por bocanadas blandas un hálito apestoso. La gentuza emergía de esas profundidades esponjosas para injuriarse con voz gastada y sin cólera verdadera, a la manera de esas burbujas blandas que estallan regulares en la superficie de las mareas.
He visto allí a ese leproso, riendo largamente y enjugándose el ojo con un lienzo sórdido. Era, ante todo, vulgar, y se presentaba a sí mismo por bajeza.
Mi padre decidió el incendio. Y esa turba apegada a sus pocilgas mohosas comenzó a fermentar, reclamando en nombre de sus derechos. El derecho a la lepra en el moho.
—Es natural -me dijo mi padre-, porque la justicia, según ellos, consiste en perpetuar lo que es.