Ciudadela

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Pero cuando, llegada la noche, consideraba desde el umbral de mi tienda ese monumento impenetrable que duraba en medio de nosotros, meditaba y me parecía que antes que la ciudad por tomar éramos nosotros quienes sufríamos un sitio. Si incrustas una semilla dura y cerrada en la tierra fértil, no es la tierra la que, al rodearla, sitia a tu semilla. Porque cuando tu semilla reviente su simiente establecerá su reinado sobre tu tierra. Si hay, por ejemplo, detrás de los muros, me decía, tal o cual instrumento de música ignorado por nosotros y si se extraen de él melodías ásperas o melancólicas, la experiencia me enseña que una vez forzada esta reserva misteriosa y desparramados mis hombres entre sus bienes los hallaré después, en los atardeceres de mi campamento, ejercitándose en arrancar de esos instrumentos poco usuales tal melodía de un gusto nuevo para sus corazones. Y sus corazones serán cambiados.

«Vencedores o vencidos, me decía, ¡cómo podría distinguirlos! Considera ese hombre mudo entre la multitud. Ella lo rodea y lo presiona y lo fuerza. Si es comarca vacía, lo aplasta. Mas si es un hombre habitado y construido en el interior, como la bailarina que yo hice danzar, y si él habla, entonces al hablar ha echado raíces en tu multitud, preparado su celada, establecido su poder, y he aquí que tu multitud, si él se pone en marcha, se pone en marcha detrás de él multiplicando su potencia.


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