Ciudadela

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Vino la noche y escalé la más alta curva de la comarca para mirar dormir la ciudad y extenderse alrededor, en la oscuridad universal, las manchas negras de mis campamentos en el desierto. Y esto con el propósito de sondar las cosas, conociendo a la vez que mi ejército era un poder en marcha y la ciudad un poder cerrado como un polvorín, y que a través de esta imagen de un ejército apretado alrededor de su polo, otra imagen estaba en marcha, y en construcción sus raíces, de las que nada podía conocer todavía, ligando diferentemente los mismos materiales; y buscaba leer en la noche los signos de esta gestación misteriosa, no con el fin de preverla, sino de gobernarla, pues todos, menos los centinelas, han ido a dormir. Y reposan los ejércitos. Pero he aquí que eres navío en el río del tiempo. Y ha pasado sobre ti esa luminosidad de la mañana, del mediodía y de la tarde como la hora de empollar, haciendo progresar un poco las cosas. Luego el ímpetu silencioso de la noche después del golpe del pulgar del sol. Noche bien aceitada y entregada a los sueños, pues sólo se perpetúan los trabajos que se hacen solos, como los de la carne que se repara, los jugos que se elaboran, el paso de rutina de los centinelas, noche entregada a los sirvientes porque el señor se ha ido a dormir. Noche para la reparación de las faltas, pues su efecto ha sido postergado hasta el día. Y yo, vencedor por la noche, remito a mañana mi victoria.


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