Ciudadela

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Es tiempo, en efecto, que te instruya sobre el hombre.

Hay en los mares del norte hielos flotantes que tienen el espesor de montañas; pero del macizo emerge sólo una cresta minúscula en la luz del sol. El resto duerme. Así del hombre, del que has esclarecido solamente una parte miserable con la magia de tu lenguaje. Porque la sabiduría de los siglos ha forjado claves para apoderarse de él. Y conceptos para aclararlo. Y de tiempo en tiempo, llega aquél que lleva a tu conciencia una parte aún no formulada, con la ayuda de una clave nueva, la cual es una palabra, como «envidia», de la que te he hablado, y que expresa en conjunto una cierta red de relaciones que, si la refieres al deseo de la mujer, te aclararán la muerte por la sed, y muchas otras cosas. Y me aprisionas en mis diligencias, mientras que no hubieras sabido explicarme, por qué la sed me atormenta más que la peste. Pero la palabra que obra no es la que se dirige a la débil parte esclarecida, sino que expresa la parte todavía oscura y que no tiene aún lenguaje. Y es por esto que los pueblos van hacia donde el lenguaje del hombre enriquece la parte enunciable. Porque ignoras el objeto de tu inmenso afán de alimento. Pero yo te lo aporto y lo comes. Y el lógico habla de locura; porque su lógica de ayer no le permite comprender.


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