Ciudadela
Ciudadela —Yo -decÃa mi padre- soy responsable de todos los actos de todos los hombres.
—Sin embargo, -le dijeron-, unos se conducen como cobardes y otros traicionan. ¿Dónde estarÃa tu falta?
—Si alguno se convierte en cobarde, soy yo. Y si alguno traiciona, soy yo que me traiciono a mà mismo.
—¿Cómo puedes traicionarte a ti mismo?
—Acepto una imagen de los acontecimientos según la cual ellos me hacen un flaco servicio -dijo mi padre. Y soy responsable de esto porque la impongo. Y se transforma en verdad. Es, pues, la verdad de mi enemigo a la que sirvo.
—¿Y por qué serÃas cobarde?
—Llamo cobarde -respondió mi padre- a aquél que habiendo renunciado a moverse, se descubre desnudo. Cobarde aquél que dice: «El rÃo me arrastra», pues de otra manera, teniendo músculos, nadarÃa.
Y mi padre resumió:
—Llamo cobarde y traidor a quien se queje de las faltas de los otros y de la fuerza de su enemigo.
Mas ninguno comprendÃa.
—Hay, sin embargo, evidencias de las que no somos responsables…
—¡No! -dijo mi padre.
Tomó a uno de sus convidados y lo empujó a la ventana: