Ciudadela
Ciudadela Pues te hablaré y recibirás de mí un signo. Te devolveré tus dioses. Algunos han creído en los ángeles, en los demonios, en los genios. Y bastaba que fuesen concebidos para actuar. Lo mismo que, desde el momento en que la has formulado, la caridad comienza a colonizar el corazón de los hombres. Tenías la fuente. No solamente esta piedra del brocal gastada por las generaciones, no solamente el agua cantante, no solamente la provisión ya amasada en la cisterna como los frutos en la canasta (y tus bueyes van al abrevadero a llenarse de agua ya recibida), no solamente el agua y el canto del agua y el silencio de la reserva de agua y la frescura del agua ágil en tus palmas, y no solamente la noche sobre el agua temblorosa de estrellas -y dulce en la garganta-, sino algún dios de la fuente que yo te devolveré para que la fuente sea una en él y, al distribuirla en esta piedra y en esta otra, en este brocal, y en esta conducción, y en esta zanja, y en esta procesión lenta de los bueyes, no la pierdas en materiales diversos. Pues importa que te regocijes de las fuentes.