Ciudadela

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Así me hablaba mi padre:

—Fuérzalos a construir juntos una torre y los transformarás en hermanos. Pero si quieres que se odien, arrójales un poco de grano.

Me decía además:

—Que me traigan primero el fruto de su trabajo. Que viertan en mis graneros los ríos de sus cosechas. Que hagan de mí sus graneros. Quiero que sirvan a mi gloria cuando flagelen los trigos y que estalle en derredor la corteza de oro. Porque entonces el trabajo, que era función de nutrición, se transforma en cántico. Porque he aquí que poco hay por compadecer en aquello cuyos riñones se doblan cuando llevan los sacos pesados a la molienda. O los traen de vuelta, blancos de harina. El peso de los sacos los aumenta como una plegaria. Y he aquí que ríen alegremente cuando llevan la gavilla como un candelabro de granos con sus puntas y su fulgor. Porque una civilización se asienta sobre lo que se exige de los hombres, no sobre lo que se les suministra. Y, agotados, vuelven inmediatamente a este trigo y de él se nutren. Pero no es ésta para el hombre la faz importante de las cosas. Lo que los nutre en su corazón no es lo que reciben del trigo. Es lo que le dan.


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