Ciudadela

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Al no escucharlos, los oía. Los unos sabios, los otros ignorantes. Y aquéllas que hacían el mal por el mal. Pues no hallaban otra alegría que el calor de su rostro y algún sentimiento oscuro semejante al movimiento de la pantera que lanza su pata azul para maravillar.

Veía ahí algo semejante al fuego del volcán, el cual es potencia sin empleo ni regla. Pero, el mismo fuego, construye un sol. Y el sol, la flor. Como, de consecuencia en consecuencia, tu sonrisa de la mañana o tu movimiento hacia la amada, es el significado de todo. Pues te basta un polo para reunirte, y desde entonces comienzas a ser.

Pero aquéllas solamente son quemazón…

Y bien lo ves en el árbol, que es sueño aparente y medida y lentitud, y perfume extendido alrededor como un reino, y que puede servir de alimento para la pólvora, o el incendio, dilapidando para siempre su poder. Así, de ti y de tus cóleras contenidas, y de tus celos, y de tus astucias y de ese calor de los sentidos que te torna tan difícil la noche cerrada, quiero hacer un árbol pacífico. No por amputación, pues lo mismo que la simiente salva en el árbol un sol que iría a fundir el hielo y a podrirse con él, la simiente espiritual te construirá en tu propia semilla, no rehusando nada de ti, no amputándote, no castrándote, sino fundando tus mil caracteres en su unidad.


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