Ciudadela

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Despreciando la opulencia ventruda, no la tolero sino como condición de algo más alto que ella, como ocurre en la grosería maloliente de los poceros, que es condición del lustre de la ciudad. Habiendo aprendido que no hay nada contrario y que la perfección es la muerte. Tolero de esta suerte a los malos escultores como condición de los buenos escultores, al mal gusto como condición del buen gusto, la sujeción interior como condición de la libertad, y la opulencia ventruda como condición de una elevación que de ningún modo es de ella ni para ella, sino sólo de aquéllos y para aquéllos a quienes alimenta. Porque si, pagando para esculpir las esculturas, ella asume el papel de depósito necesario de donde el buen poeta sacará el grano de que ha de vivir, el cual grano ha sido saqueado del trabajo del labrador pues no recibe en cambio más que un poema del que se burla, o una escultura que por lo general ni siquiera le es mostrada, y que así, por falta de saqueadores no podrán sobrevivir los escultores, poco me importa que el depósito tenga un nombre de hombre. Él es nada más que vehículo, vía y pasaje.




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