Ciudadela
Ciudadela Sin embargo, yo no creía en la diligencia. No compras la alegría, ni la salud ni el amor verdadero. No compras las estrellas. No compras un templo. Yo creo en el templo que te despoja. Creo en los templos que crecen arrancando su sudor a los hombres. Ellos delegan a lo lejos sus apóstoles, y éstos van a rescatarte, en nombre de su Dios. Yo creo en el templo del rey cruel que funda su orgullo en la piedra. Él drena los varones del territorio hacia su astillero. Y los asistentes, provistos de látigos, extraen de ellos el acarreo de las piedras. Creo en el templo que te explota y te devora. Y, en cambio, te convierte. Porque sólo ése te paga en cambio. Porque el acarreador de piedras del rey cruel recibe a su vez el derecho al orgullo. Se lo ve cruzar los brazos ante la roda cuyo navío de granito comienza a amenazar las arenas en la lentitud de los siglos por venir, Su majestad es para él, como para los otros; porque un Dios, ya fundado, se da a todos sin reducirse. Creo en el templo nacido del entusiasmo de la victoria. Aparejas un navío hacia la eternidad. Y todos cantan al construir el templo. Y el templo cantará a su vez.