Ciudadela

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Mi regalo será, por ejemplo, ofrecerte, hablándote de ella, la vía láctea que domina la ciudad. Pues, ante todo, mis regalos son simples. Te dije: «He aquí distribuidas las moradas de los hombres bajo las estrellas». Es cierto. En efecto, donde vives, si te diriges a la izquierda, encuentras el establo y tu asno. A la derecha, la casa y la esposa. Ante ti el huerto de olivos. Detrás la casa del vecino. He aquí las direcciones de tus diligencias en la humildad de los días tranquilos. Si te gusta conocer la aventura de otro para acrecentar la tuya -pues entonces adquiere un sentido- vas a golpear a la puerta de tu amigo. Y su niño curado es dirección de curación para tu niño. Y su rastrillo, que le fue robado durante la noche, aumenta la noche con todos los ladrones de paso de terciopelo. Y tu vigilia se torna vigilante. Y la muerte de tu amigo te hace mortal. Pero si quieres consumar el amor te vuelves hacia tu propia casa, y sonríes al traer como presente la tela de filigrana de oro, o el jarro nuevo, o el perfume o cualquier cosa que uno trueca en risa, tal como se alimenta la alegría de un fuego invernal al arrojarle el mudo leño. Y si, llegada el alba, debes trabajar, entonces, algo pesado, vas a despertar en el establo al asno dormido de pie, y, después de acariciarle el pescuezo, lo haces avanzar delante de ti hacia el camino.


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