Ciudadela
Ciudadela LlegĂł, pues, el dĂa. Y yo estaba ahĂ como el marino que, con los brazos cruzados, respira el mar. Cierto mar para labrarlo y no otro. Yo estaba allĂ como el escultor ante la arcilla. Cierta arcilla para amasarla y no otra. Estaba allĂĄ, tal, sobre la colina, y dirigĂa a Dios esta sĂșplica:
«Señor, en mi imperio el dĂa comienza. Se me entrega esta mañana, dispuesto para la ejecuciĂłn, como un arpa. Señor, nace a la luz tal lote de ciudades, de palmeras, de tierras arables y de plantaciones de naranjos. Y estĂĄ aquĂ, a mi derecha, el golfo del mar para los navĂos. Y estĂĄ aquĂ, a mi izquierda, la montaña azul, de cuestas benditas con ovejas de lana, que planta en el desierto las zarpas de sus Ășltimas rocas. Y mĂĄs allĂĄ, la arena escarlata donde florece sĂłlo el sol.
âMi imperio tiene este rostro y no otro. Y ciertamente, estĂĄ en mi poder torcer un poco la curva de tal rĂo para irrigar con Ă©l la arena, pero no en este instante. EstĂĄ en mi poder fundar aquĂ una ciudad nueva, pero no en este instante. EstĂĄ en mi poder liberar, con sĂłlo soplar su semilla, una selva de cedros victoriosa; pero no en este instante. Porque heredo en este instante un pasado cumplido, que es Ă©ste y no otro. Esta arpa, dispuesta a cantar.