Ciudadela

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Y comprobábamos poco a poco que perdían el uso de las palabras que ya no les servían. Y mi padre me paseaba por en medio de esas caras ausentes que nos miraban sin conocernos, embrutecidas y vacías. No proferían más que esos gruñidos vagos que reclaman el alimento. Vegetaban sin penas ni deseos, ni odio, ni amor. Y he aquí que muy pronto dejaron de lavarse y de destruir sus parásitos. Éstos prosperaron. Entonces comenzaron a aparecer los chancros y las úlceras. Y el campamento a apestar el aire. Mi padre temía la peste. Y sin duda también reflexionaba sobre la condición del hombre.

—Me decidiré a despertar el arcángel que duerme sofocado bajo su basura. Porque no los respeto; pero a través de ellos respeto a Dios…









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