Ciudadela

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Los que tú has subido de las entrañas del pozo destacado de arena depositaron sus instrumentos y cruzan los brazos sobre el pecho. Su sonrisa te ilustró. Está presente el agua. Porque el hombre en el desierto es animal de hocico torpe, que busca su mama tanteando. Tranquilizado, sonreíste. Y los camelleros que te vieron sonreír sonríen a su vez. Y he aquí que todo es sonrisa. Las arenas en su luz y tu rostro y el rostro de tus hombres y acaso algo en los animales, bajo su corteza; pues saben que van a beber y están allí inmóviles, resignados en el placer. Y ocurre en este minuto como en el mar cuando un desgarrón de la nube vuelca el sol. Y sientes de pronto la presencia de Dios, sin comprender por qué, tal vez por el difundido gusto de recompensa (pues ocurre con un pozo vivo en el desierto como un regalo, nunca enteramente previsto, nunca enteramente prometido), también por la espera de la comunión en el agua próxima, que te tiene siempre inmóvil. Porque aquéllos, con los brazos cruzados sobre el pecho, no se han movido. Porque tú, con los puños sobre las caderas, en lo alto de la loma, miras siempre el mismo punto del horizonte. Porque los animales de grandes sombras organizados en procesión en las pendientes de arena aún no se pusieron en movimiento. Puesto que aquéllos que traen los grandes cubos para dar de beber no aparecen aún, y tú sigues preguntando: «¿Qué hacen?». Todo está aún suspendido y sin embargo prometido.


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