Tierra de hombres
Tierra de hombres Situado en la frontera con los territorios rebeldes, Port-Étienne no es una ciudad. Allí hay un fortín, un hangar y una barraca de madera para nuestras tripulaciones. A su alrededor el desierto es tan absoluto que, a pesar de sus débiles recursos militares, Port-Étienne es casi inexpugnable.
Para atacarlo hay que franquear un cinturón de arena y fuego tan inmenso que los rezzous, una vez agotadas las provisiones de agua, sólo conseguirían alcanzarlo al límite de sus fuerzas. Sin embargo, en un tiempo inmemorial, hubo, procedente de algún lugar del norte, un rezzou sobre Port-Étienne. Cada vez que el gobernador general viene a tomar una taza de té con nosotros nos enseña su marcha sobre el mapa, como quien cuenta una leyenda de una hermosa princesa. Pero ese rezzou nunca llega, tragado por la arena como un río, y nosotros lo llamamos el rezzou fantasma.
Las granadas y los cartuchos que por la noche nos distribuye el gobierno descansan en sus cajas, al pie de nuestros lechos. El silesio es el único enemigo contra el que tenemos que luchar, protegidos, sobre todo, por nuestra pobreza. Lucas, el jefe de aeropuerto, día y noche hace sonar el gramófono que, tan lejos de la vida, nos habla un lenguaje semiolvidado que nos provoca una melancolía sin objeto, una melancolía que, curiosamente, se parece mucho a la sed.
